Tres trozos unidos dan forma a un rostro humano. Tres secciones conforman la Biblia. La 1ra, el Viejo Testamento, se representó a la izquierda como una bota de llevar vino (odre). La 2da se dibujó como el madero florecido (aparece un brote en el lugar que iría la boca de la cara) y simboliza a las Buenas Nuevas del Verbo encarnado (el brote tiene forma de lengua). La 3ra parte tiene forma de B de Biblia y de oruga (estadio anterior a la mariposa) caminando sobre la rama florecida, es el Tercer Testamento.

Desde hace meses quería realizar el análisis de la psicografía arriba mostrada. Lo escrito hasta ahora es un borrador que será mejorado gradualmente.
Fray José de Aragón, el guía de Benjamín Solari Parravicini, nos avisa discretamente a través de esta psicografía que la Biblia es una obra en tres partes, cada una de ellas ofrecida en épocas distintas, períodos correspondientes a tres estadios distintos en el proceso de creación del Hombre. Tres mensajes para favorecer el tránsito a través de tres etapas, los tres días de la conciencia sumergida en la materia. Tres momentos para el logro de la resurrección a los reinos espirituales.
El Viejo Testamento está representado por el sector a la izquierda que mezcla las formas de una bolsa de cuero de llevar vino («nadie echa vino nuevo en odres viejas») y una oreja (el pueblo que escuchó). Esa primera parte no tiene la visión del Cristo, la cual se insinúa mediante los dos ojos que miran al cielo ofrecidos en las otras dos partes.
El nuevo testamento, lo dicho por el verbo encarnado (ver boca abierta con lengua sobresaliendo abajo), se insinúa con la parte del medio, el sector que ofrece el ojo de la fe ciega (ver que la parte media sólo posee un círculo) carente de la visión binocular completa que va a dar la llegada de la tercera parte.
El Tercer Testamento aparece como una B, la letra con la que inicia la segunda palabra de la expresión danesa Livets Bog (Libro de la Vida), la tercera parte de un mensaje ofrecido a la humanidad a través de la tradición judeo-cristiana.
En la silueta de la tercera parte hay un incienso ardiendo (borde remarcado en negro). El humo de su aroma asciende al cielo y se une al hilo de humo que sale de la segunda parte, las palabras del verbo encarnado.
Hay que entender que los sectores dos y tres del dibujo, representan la unión mística entre el esposo y la esposa, el Cristo y su Iglesia, cuyo punto culminante se denominó en la tradición cristiana como las bodas del cordero. La clave entonces está en el principio de la unión, el sentido de unicidad, que en la conciencia del hombre del pasado sólo se lograba a través del matrimonio pero que a partir del derramamiento del espíritu de santo, la ciencia cósmica, se logra mediante el deleite en el cuidado de todas la criaturas: el Amor Universal. Cito a Mateo Capítulo 22, versículo 30.
Pues cuando los muertos resuciten, no se casarán ni se entregarán en matrimonio. En este sentido, serán como los ángeles del cielo.
El mensaje visualmente encriptado de la psicografía desplegada arriba y el de las palabras de Jesús según San Mateo fueron magistralmente ampliados y completamente esclarecidos por Martinus Thomsen, un místico escandinavo, para los hombres de intelecto desarrollado de esta época, muy particularmente en los apartados 1846 a 1850 del Volumen 5 de Livets Bog (el Libro de la Vida)
El precepto del amor al prójimo y el precepto del matrimonio no pueden ser cumplidos por los mismos seres
1846. Como un ser predominantemente de sexo masculino y sexo femenino nunca se puede ir más allá de la culminación de la oscuridad en la vida. Como hemos visto a través de muchos análisis cósmicos, estos dos estados del ser están dotados de una estructura mental y corporal que de antemano hace imposible que los seres practiquen o cumplan el gran precepto del amor: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En virtud de la constelación interior de sus polos en su conciencia, un ser de sexo masculino y un ser de sexo femenino están predestinados a sólo poder amar a seres de sexo contrario. Esta constelación de los polos es el órgano del fuego supremo o regulador de toda la simpatía y, por consiguiente, del amor. Cuando este órgano en cierto periodo del ciclo forma el desencadenamiento de simpatía de los seres, de tal modo que sólo puede encontrarse la experiencia verdadera, la alegría, felicidad y bendición verdaderamente hermosa y estimuladora de vida por medio del amor al sexo contrario, el precepto del amor será igual de imposible y sin sentido para los seres de sexo masculino o seres de sexo femenino con una disposición al cien por cien para el matrimonio, como el quinto mandamiento: «No matarás» le es imposible de cumplir a la fiera. ¿No se dice también aquí que un hombre tiene que abandonar padre y madre y permanecer junto a su esposa? Por consiguiente, no tiene que amar a su padre y a su madre como se ama a sí mismo. Va hacia la esposa porque allí encuentra satisfacción para su propio deseo, ve colmado su amor hacia sí mismo. La ley del matrimonio, que prescribe que los dos cónyuges tienen que permanecer juntos y preferirse mutuamente y no preferir a ningún otro ser, y que cualquier desviación de esto es una violación del matrimonio, es cometer adulterio, no puede conciliarse con la ley que dice: «Amarás al prójimo como a ti mismo», independientemente, por lo tanto, de quién sea este prójimo. No dice que una condición es que este prójimo sea el cónyuge, el hermano, la hermana, el padre o la madre. Por medio de la parábola del buen samaritano se muestra adicionalmente que el prójimo puede, incluso, muy bien ser un enemigo. Los samaritanos y los judíos no eran amigos, pero, no obstante, se muestra al judío que asaltaron como prójimo del samaritano, al que éste último tenía en realidad la obligación de ayudar según el precepto de amor al prójimo.
El precepto del amor al prójimo y el precepto del matrimonio van dirigidos a los hombres particularmente evolucionados para cada una de estas épocas
1847. ¿No es un hecho, a través de lo antedicho, que el precepto del matrimonio y el precepto del amor al prójimo expresan dos grandes épocas evolutivas, distintas en gran manera, cuyos seres es imposible que estén bajo la misma ley fundamental de vida o cultura? ¿No constituye el precepto del matrimonio la ley o el fundamento de una época de experimentar la cultura o la vida de una manera determinada? ¿Y no es el precepto del amor al prójimo, del mismo modo, el fundamento de otra época de experimentar la vida o la cultura de una manera determinada? En una de estas épocas, el matrimonio y su método de reproducción es la sensación más alta de la vida, de hecho es, como ya hemos visto, el paraíso o un rayo del cielo en medio del invierno o zona de noche del ciclo de espiral. En la otra época, el precepto del matrimonio ha perdido su posición dominante, en caso contrario sería imposible que surgiese esta época, dado que el cumplimiento total del precepto del matrimonio impide el cumplimiento del precepto del amor al prójimo, que condiciona que todos amen a todos, no simplemente con un poco de cortesía o educación aprendida, sino con un amor que está a la altura del amor con que uno se ama a sí mismo. Por lo tanto, en realidad hay que tener el mismo interés en proteger, ayudar y cuidar con esmero a cualquier ser y crear el mismo ambiente agradable a su alrededor que el que se tiene cuando se manifiestan las mismas cosas alrededor de la propia persona.
Moisés y Cristo son los grandes profetas del precepto del matrimonio y del amor al prójimo respectivamente
1848. En la Biblia tenemos un representante muy grande de cada una de estas dos grandes épocas de cultura. Para la primera, o sea, la del matrimonio, tenemos a Moisés y para la segunda, la época del amor universal, tenemos al propio redentor del mundo Jesucristo. El primero es un profeta tan marcado por el matrimonio y las leyes relacionadas con él, que directamente ordena la pena de muerte para toda simpatía superior que se manifieste entre seres del mismo sexo, mientras Cristo exhorta a los hombres de su tiempo y a los que vendrán después a la más alta simpatía entre los seres, bastante independientemente del sexo, como el único ideal fundamental del futuro, y anuncia, con ello, el camino a la perfección o camino al reino de los cielos y al Padre. En estos dos mensajeros divinos mandados a la humanidad, vemos dos estrellas que iluminan con gran intensidad el camino de la evolución del hombre terreno. Su luz es tan diferente en color y brillo que es fácil ver que, en conjunto, muestran una modificación o transformación mental en la evolución de la psique humana terrena. En la época de Moisés, la ley del matrimonio fue un problema muy actual y de gran importancia. En esta época no se necesitaba a Cristo o un intérprete de una simpatía que estaba fuera del matrimonio o de la reproducción y supervivencia de la raza del pueblo. Posteriormente se mostrarían tendencias en la gente que harían que el fundamento del matrimonio se debilitase, que mostrase una incipiente degeneración. Ni la ley de Moisés y la pena de muerte ni maldiciones teológicas y clericales han podido modificar esta degeneración.
La ciencia del espíritu como un tercer y último testamento
1849. A pesar de resistencia y conflictos exteriores, las tendencias más profundas de los hombres derivan cada vez más hacia una simpatía general, mayor que la simpatía de la ley de Moisés determinada por el sexo, una simpatía que pone el amor al prójimo totalmente por encima del principio de la reproducción y muestra que este principio no continuará siendo lo más importante de la vida, sino que al contrario, en contacto con la interpretación del redentor del mundo, sólo puede ser una simpatía que une a todos los seres en el más íntimo abrazo mental y físico, bastante independientemente de sexo, raza, nación y visión del mundo. ¿No ha sido este cambio de rumbo, y este modo de ver la simpatía y la evolución de la cultura o creación del hombre por Dios lo que ha condicionado que «El Antiguo Testamento» no pudiera seguir siendo satisfactorio, sino que tuvo que sustituirse o completarse con «El Nuevo Testamento»? ¿Y no es esta misma continua evolución la que ahora condiciona que este nuevo testamento tampoco siga siendo satisfactorio, sino que se exige que sea explicado de forma científica en vez de sólo ser explicado de forma dogmática o dictatorial como anteriormente? ¿No es, precisamente, esta exigencia la que ahora origina la ciencia del espíritu y, por consiguiente, tiene que convertirse en un tercer y último testamento? Tras este testamento ya no necesita ningún hombre la instrucción de otros. Por él puede ser llevado directamente a su propia gran iniciación o nacimiento espiritual, tras lo cual será alzado a ser uno con el Padre y la imagen del universo y, con ello, a ser el camino, la verdad y la vida.
«El reino de los cielos» está a punto de nacer en la Tierra
1850. No, la vida tiene un objetivo más grande con el hijo de Dios que la determinación sexual terrena, física. El hijo de Dios no seguirá pudiendo sólo experimentar a la Divinidad o la luz más grande como una experiencia erótica con acento en el sexo, ya se trate de una bendición legal de un sacerdote o simplemente un placer pagado con dinero, del mismo modo que se compra una entrada de teatro o un viaje de vacaciones. La experimentación de la luz divina, del verdadero reino de los cielos tiene un resplandor mucho mayor que la chispa que puede experimentarse en el lecho nupcial legal o ilegal o en la satisfacción de hambre erótica que puede comprarse en un burdel. El reino de los cielos sólo puede realizarse de manera satisfactoria donde todo es un regalo, donde el derecho de propiedad y, por consiguiente, la opresión y los celos de personas y cosas están excluidos. En este reino hay hombres a imagen de Dios. Las fuerzas que están preparando este objetivo son las que hoy contribuyen a forzar la marcha de la evolución y, con ello, son un factor que participa en el desencadenamiento de infierno o cataclismo y hace que los matrimonios degeneren, crea la guerra de todos contra todos como una lucha por la paz eterna, que sólo puede ser el amor al prójimo. Aquí no ayudan ni la ley de Moisés ni los dogmas. Aquí se exige un intelectualismo y una función cerebral tan refinada, tan delicada que sólo puede crearse, soportarse y desarrollarse por una interpretación lógica, sutil de nada menos que la propia eternidad, el propio universo y omnipotencia y el consiguiente resultado a que esto da lugar: «Todo es muy bueno». Una nueva época mundial está, por consiguiente, a punto de surgir y hace que la vieja degenere. El cumplimiento de la promesa del redentor del mundo de un nuevo cielo y una nueva Tierra está a punto de manifestarse. Un reino que no era de este mundo, cuando Cristo habló con voz física, está naciendo y va camino de ser de este mundo. Este reino es nada menos que el reino de los cielos.
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